Hugo Ortega T.
Director
Escuela de Ingeniería en Agronegocios
Universidad Central
Una de las tareas urgentes del Gobierno consiste en incorporar
a la pequeña agricultura al progreso y desarrollo que ha
alcanzado la mediana y gran empresa. Primero, porque el sector campesino
es la gran mayoría de la población rural y que aporta
con una gran cantidad de rubros parte importante del PIB sectorial
y, segundo, porque una inequidad tan amplia como la existente, amenaza
la estabilidad de los medianos y grandes.
Esta situación delicada, tanto en lo político, social
como económico, obedece fundamentalmente a tres razones de
fondo. La primera, es el bajo nivel de capacidad en gestión
de los pequeños empresarios agrícolas, a nivel del
manejo predial mismo y, sobre todo, en lo que concierne a la comercialización
de sus ofertas productivas.
La segunda razón es la falta de organización entre
ellos mismos, exigencia indispensable para lograr ofrecer a los
mercado mayores volúmenes, de mejor calidad y a costos más
bajos.
La tercera y última razón de sus atrasos radica en
la falta de políticas públicas adecuadas a las exigencias
y circunstancias de esta categoría de agricultor. No hemos
podido encontrar la ruta y ritmo de atención y apoyo que
el pequeño empresario requiere.
En efecto, aún cuando se han diseñado y aplicado
un gran número de programas de fomento productivo destinados
al subsector en mención, los resultados globales de este
no son satisfactorios, dado que solo una minoría ha logrado
incorporarse a niveles de gestión de calidad y mercadeo que
les permite ser competitivos en los mercados más rentables.
Según algunas declaraciones de autoridades de Gobierno,
especialmente del Ministro de Agricultura, el año 2007 será
de un año donde se realizará un esfuerzo en este sentido,
informando que se trabajará territorialmente y buscando establecer
redes o “clusters” en torno a determinados rubros, colaborando
con la capacitación, organización y comercialización
de los pequeños agricultores, lo cual parece muy bien orientado.
Lo que nos queda es tomarle la palabra. Y frente a esta enorme tarea,
y con el ánimo de aportar al intento, sería muy positivo
incorporar estratégicamente la participación de las
universidades en ello, sobre todo aquellas con carreras relacionadas
a los temas a tratar. Compartir un diagnóstico, acordar un
programa de acción congruente con las estrategias gubernamentales
y establecer una relación entre la universidad y el grupo
a atender. Alumnos en práctica, profesores especialistas,
temas de tesis de grado en torno a problemas reales, estudios de
casos reales apoyando la docencia, cursos de capacitación
a los agricultores, etc, etc.
Una última tarea que le corresponde hacer al Gobierno es
una necesaria evaluación comparativa entre todos los instrumentos
públicos de fomento productivo. La tendencia histórica
en la materia ha sido diseñar desde el escritorio los diferentes
instrumentos hoy día existentes. Son menos los que han nacido
desde la base, un función de estudios y participación
de los posibles beneficiarios.
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